Karma

Llovía. Aquel día llovía como nunca. Parecía que la tierra se convertiría en cielo.

Su madre lo había bañado. Terminaba de rapar su cabeza, y la túnica color ocre esperaba en la silla.

En él, el miedo y la tristeza crecían en su garganta.

Poco tiempo había pasado aprendiendo sobre el budismo con un monje local, pero que su hijo tenga una vida digna, era urgente.

Sus hermanos, también pequeños, no tenían la misma suerte, trabajaban en el restaurante callejero de su tía, preparando jugos frescos para turistas. Trabajaban día y noche sin descanso, ganando sólo treinta dólares al mes.

Al igual que muchos niños en estas zonas del mundo, perdiendo su vivencia natural, su inocencia y pureza, cargando con este mundo material.

Bastó una sonrisa de su mamá, para que el día cambiara un poco y saliera el sol por la tarde.

Ella lo acompañó, fueron caminando hasta la entrada del templo.

–Diles a mis hermanos que los extrañaré.

–Les diré– Dijo con los ojos llorosos.

–Te quiero Mamá–

–Sé un buen niño. Vendremos la próxima semana a verte.– Dame un dulce abrazo.

–Hasta pronto. –Dijo y se fue.


Las últimas gotas caían con la luz del sol, cuando un monje se acercó.

–Buenas tardes amiguito, bienvenido al templo. Ven, haremos un paseo y te diré como es todo por aquí.– Dijo muy amable.

Era un parque enorme y hermoso, el templo era gigante, había monjes por doquier.

–Tu primer día será libre, podrás conocer el lugar, recorrerlo y hablar con otros monjes y novicios. – Le explicaba en tono suave, mientras caminaban.–Viven aquí unos dos mil monjes. Cada uno cumple con un rol, ya veremos que te tocará a ti.

Por la mañana temprano meditamos al alba, puedes meditar en cualquier espacio del templo. Luego, irás con monjes, quizás conmigo si quieres, a buscar ofrendas al pueblo.

–Sí– Contestó rápidamente– Quiero ir contigo, me gusta tu sonrisa.

–¡Jaja! Bien, iremos juntos.

–Luego de buscar las ofrendas, volvemos al templo, desayunamos y tomamos clases.

–¡¿Hay escuela aquí?!– Preguntó sor-

prendido.

Rió– Si, tenemos escuelas, pero no es como en las escuelas de afuera. Tenemos clases de historia del budismo, enseñanzas de Buda y esas cosas…

–¡A mi hermano mayor le hubiera encantado! Pero el debe dinero y no pudo entrar al templo.

–Deber dinero no es buen Karma…

–No, no lo es.

–Bien. Luego venimos aquí.–Señaló el monje un gran comedor al final de una galería.– Almorzamos y el resto del día se respeta el silencio. Puedes salir con otros monjes al pueblo o estar por aquí, meditando o estudiando.

Me encontrarás en la biblioteca, me gusta mucho estar allí. –Dijo, con una enorme sonrisa.

Caminaron hacia otra zona de la galería que daba al jardín, hasta una de las tantas puertas, ésta estaba abierta.

Era un pequeño cuarto con dos camas, y un novicio sonriente sentado en una de ellas…

–Bien,– Dijo el monje– Él es Zeya, será tu compañero de cuarto.

–Zeya, él es Thura, ha ingresado hoy al templo. Serán compañeros de ahora en adelante.

–Sabes donde encontrarme si necesitas algo.–Dijo el monje y se retiró.

–Hola, ¿Cómo estás? ¿Puedo poner mis cosas por aquí? ¿Cuántos años tienes? Pareces más grande. ¿ Eres nuevo también? Preguntó.

–¡Jaja! ¡Parece que a ti también te gusta conversar!–Dijo Zeya riendo.– Que bue27

no, porque mi compañero anterior no hablaba mucho, prefería meditar en silencio y las horas se hacían eternas aquí. Él ya es monje y volvió a su pueblo. Puedes poner tus cosas por allí, ésa será tu cama. Tengo diecisiete años, tú cuántos tienes, ¿once? Llevo tiempo aquí, desde los doce, en pocos años seré monje y mi deseo es viajar por el mundo.

–Sí, once.– Respondió– Me gustaría conocer en algún momento otro país, sería grandioso, aunque extrañaría a mi familia.

–Eso será una de las cosas que aprenderás aquí, algún día ya no extrañarás y serás libre.

Thura lo miró sorprendido, con las cejas en alto y ojos enormes.



Desde ese día, en que el sol salió luego de la lluvia y los charcos reflejaban el cielo en el templo, los días, meses, y años, transcurrieron en su mente más rápido de lo esperado.

La rutina del templo era tranquila y relajada.

De vez en cuando, su familia venía de visita, pero no tan regular como al principio. Poco a poco fueron perdiendo conexión.

En sus meditaciones comenzaba a ver preguntas y cuestionamientos, que no se había preguntado antes, y las respuestas aparecían como obras en su mente.

Comenzó a despojándose así y cuestionando factores y culturas impuestas de la vida cotidiana, especialmente sociales y familiares.

Su rol dentro de la familia, sus procesos y cargas transgeneracionales, y comenzó a transmutar todo eso.

Cargas, bloqueos, y programas mentales y emocionales, incluso desde antes de su concepción, durante su estadía en el vientre de su madre, nacimiento…

Poco a poco fue sintiéndose más liviano, hubiera creído que así fue siempre, pero la vida es una flor, la cual espera abrirse.


El tiempo transcurrió y su familia no volvió a visitarlo, por las circunstancias del

país, pues su familia era rohingyas, y los musulmanes no permitían que visitaran un templo budista, y también, seguramente, por la resonancia de su trabajo interno, pues a pesar de no tener esos conocimientos, estaban conectados.

Sus pasos se hicieron livianos y su mirada serena.

El día en que se convertiría en monje llegó, dejó de ser novicio y de ahora en adelante su sabiduría y las enseñanzas de Buda, debían ser compartidas.

Aquel día, sus compañeros le prepararon un pastel, el número veinte sobresalía en velas con brillantina encendidas, iluminando las sonrisas y las túnicas de color ocre en el pequeño cuarto.

Comieron grandes porciones y se prepararon para salir al pueblo a realizar la colecta.

Esa mañana el pueblo olía a mil especias juntas en el aire.

Pasaron primero por la verdulería, el señor Wunna siempre dejaba generosas

ofrendas al templo, incluyendo sus deliciosas verduras frescas.

Al pasar por el puesto de comida callejera de la esquina, la señora Sanda les ofrecio un delicioso curry de cerdo, que por supuesto, debieron aceptar, si bien las carnes no están dentro de su dieta, ésta era ofrecido como ofrenda, y no era ninguna de las diez carnes que Buda nombró no comer jamás, humana, león, tigre, elefante, mono, serpiente, caballo, perro, oso, hiena.

Caminaron al área verde de la plaza, algunos practicaban inglés con turistas, intentando recordar lo que aprendían en sus clases particulares, otros ya disfrutaban del delicioso curry.

La plaza se teñía de naranja a estas horas.

Zeya mascaba betel que encontró en el piso.– ¡Zeya! ¡ ¿Cómo puedes masticar eso?!– Dijo riendo en carcajada Thura.

–¡No está masticado aún! ¡ Se le ha caído a alguien, además, es algo muy caro como para dejarlo ahí, hay que probarlo!– Rió Zeya, mostrando los dientes rojos.


Un enorme estruendo se escuchó y todo se estremeció.

Al segundo, personas comenzaron a correr desesperadas en la plaza. Ruidos y gritos, era todo lo que se oía.

Ese instante comenzó a vivirse segundo tras segundo. Un suceso de situaciones fuertes se desencadenó, una tras otra.

Momento en el que uno sabe que la noción del tiempo no es nada, que la acción es importante y el compromiso, sobre todo el compromiso y el confiar.

Una horda de personas con palos y armas se acercaba. Eran grupos separatistas en una gran protesta. Caminaban con furia, otros corrían y gritaban, se podían ver las venas en sus gargantas.

Los monjes desconcertados se reunieron y comenzaron a correr hacia el templo. Algunos dejaban sus sandalias detrás, otros, sólo gritaban –¡Apresúrense!– ¡Vamos!.

La distancia se hizo eterna a pesar del sudor y la velocidad.


Al fin llegaron y lograron ingresar al templo. Los maestros cerraron las puertas y pusieron grandes trabas con maderas pesadas.

Todos fueron a la sala de meditación. Allí anonadados, comprendieron lo que sucedía.

El maestro más longevo del monasterio llamó a todos a estar en calma, que sus mentes estén serenas. Luego Thiha, quien nunca habían oído hablar, pues, siempre estaba meditando, con voz ronca y entrecortada dijo:

–El estado ha sido derrocado por un golpe militar. Cientos de monjes que marchaban en contra del régimen en paz, han muerto en las calles hoy en manos de estos grupos.

Los que pueden deben huir del país, no sabemos como continuará esta situación. Los que no se encuentren bajo esas posibilidades, deben retornar a su pueblo.

Asombrado y con los ojos muy abiertos, como si la información le viniera del cielo

y sus guías, Zeya miró a Thura y con voz firme le dijo– Un tío vive en Reino Unido, él nos ayudará.– Sin pausa, con sólo un respiro.

Su vida en el monasterio se vió resuelta en un instante. Una a una en modo de miles de diapositivas, sus vivencias y todo lo que dejaría atrás, comenzaron a aparecer en su mente, pero esta vez, con total armonía, su cuerpo emocional estaba en paz y cuando se dio cuenta de esa serenidad, su mente calmó y supo que debía partir.

Sin valijas y sólo con unos papeles importantes ése mismo día fueron al aeropuerto. Los llevó un monje que volvía a su pueblo natal a esperar que se calmara todo, contó.

Llovía, aquel día llovía como nunca.


Parecía que la tierra se convertiría en cielo.


El avión y un largo camino los esperaba. Pudieron dormir casi todo el viaje, el resto del tiempo, sus mentes estaban calmas,

mirando las nubes pasar desde arriba por primera vez.

Llegaron a Londres una mañana nubosa. En el aeropuerto, se encontraba esperándolos ansioso un hombre de traje.

–¡Tío!– Zeya gritó feliz, corriendo con su túnica al viento a abrazarlo.

–Vamos, ha sido un largo viaje para ustedes niños. Vamos a comer algo.

A pocos minutos en auto, llegaron a lo que sería su nuevo hogar. Las gamas de colores por la ventana del auto, parecía ser la misma: gris. El cielo, las construcciones, tanto asfalto y cemento…

Su tío había preparado su departamento para recibirlos– ¡Vamos!, ¡Pasen!– Dijo entrando a un apartamento.

– Aquí tienen ropa, hay en la alacena alimentos para una semana. El agua caliente funciona muy bien, sólo deben encender el calentador. Vivo aquí al lado, lo que necesiten, sólo toquen la puerta. Los dejaré descansar. Sé que ha sido todo muy rápido y me alegra que estén aquí.– Dijo con los ojos llorosos.

–Mil gracias tío.–

–Hasta luego Zeya. Ya saben, sólo toquen la puerta.

La puerta se cerró y Thura y Zeya se miraron y rieron, se entendían muy bien.

Sobre la mesa de la cocina, había un papel escrito con lápiz. Era una lista:


“Kitchen porter-talk to Mr. Clark Bricklayer-call Andrew

Bakery shop assitant-

(Jhon´s friend).”


Vestir con tanta ropa fue muy extraño al comienzo.

Todo olía diferente, sólo el departamento olía a casa, y días y días sin ver el sol fue muy difícil al comienzo, pero al cabo de varias semanas, el cuerpo y la mente se fueron acostumbrando.


Lavar platos no era tan malo, había lavado miles de platos en el monasterio y podía hacerlo mecánicamente, además, sus compañeros de trabajo eran agradables y permitían que practicara su inglés, que tanto necesitaba.

De a poco, su vista gris y nubosa de su entorno fue cambiando, descubrió parques, árboles, frutos, monjes meditando a pocas cuadras del departamento en una zona verde del barrio. Ellos estaban allí incluso antes del conflicto, como el tío de Zeya.

Mientras hablaba con su compañero, en aquel departamento, que ya se sentía como hogar, degustando un delicioso curry, cuando el sol parecía querer asomarse por la ventana, ambos llegaron a la conclusión de que la vida es un transcurso, es dejarse fluir por los senderos que sus guías marcan con claridad, es despojarse de lo impuesto, consciente o inconscientemente. Las situaciones en la vida ocurren constantemente, y la intensidad del amor se mide según cuan despierto estés.


Al rato, los rayos del sol entraron por la ventana, iluminando las especias sobre la mesa, desprendiendo color y aromas por todo el departamento.


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